El halcón maltes (1941)

El detective privado Sam Spade (Humphrey Bogart) estaba cómodamente sentado en su oficina, mirando la ciudad de San Francisco por la ventana, cuando irrumpió una misteriosa dama. La elegante mujer quería investigar el paradero de su hermana, quien supuestamente ha huido de casa con un vividor de origen inglés. El compañero de Sam (Jerome Cowan) localiza al hombre, pero es asesinado en el acto. Sam confronta a la clienta, la Señora O’Shaugnessy (Mary Astor) y resulta que el asunto de la hermana era mentira: el hombre que busca puede tener en su poder la valiosa estatua de oro de un halcón, incrustada con las más preciosas joyas de un valor incalculable que se supone que era el tributo que los Caballeros de Malta pagaron por la isla a Carlos I. Ella no es la única en pos del Halcón Maltés, ya que un grupo de maleantes internacionales está también tratando de conseguir la estatua, dispuestos a engañar, robar o matar por tener el tesoro entre sus manos. Un enorme hombre llamado Fat Man (Sydney Greenstreet), el engañoso Joel Cairo (Peter Lorre), Wilmur (Elisha Cook Jr.) y la seductora Señora O’Shaughnessy quieren aprovechar el genio y el ingenio de Sam Spade para sus propios intereses, pero al detective le preocupa más salir ileso de las peligrosas situaciones y sacar el mayor provecho para sí mismo.
Si hablamos del cine negro como un valor dentro del noveno arte, debemos guardar un aparatado especial para el halcón maltes, una de esas pocas películas que han logrado inmortalizarse al paso del tiempo. A inicios de 1941, es cuando Jonh Huston concibe la día de rodar esta magnífica obra, inspirada en una novela de Dashiell Hammett, adquirida por la Warner, por apenas 8.500 dólares ese mismo año. Huston pensaría y llegaría incluso a firmar a George Raft como el actor que encarnaría a Sam Spade, pero la negativa de este produjo que fuera el mítico Humphrey Bogart el protagonista del film, retrasando unos meses el estreno de la película, llegando a la pantallas de Estados Unidos el 18 de diciembre de 1941 como una inadvertida serie B más.

El halcón Maltes nos adentra en el ambiente policiaco de los años cuarenta, más concretamente, en la historia acontecida a Sam Spade, un sabueso, que se ve envuelto en un caso de asesinato, por la muerte de un amigo y compañero suyo. Detrás de esta aparente sencilla trama, se ramifican un gran cúmulo de historias paralelas al conflicto principal del guión, lo que ensalza en gran medida el poder de entretenimiento de esta solidísima adaptación. La historia además de poseer este enorme poder de atracción, desarrolla también una gran profusión de doble trasfondo no solo hacia los personajes, si no también hacia el basto mundo que se extiende a su alrededor, aclarando mis palabras: “el film sirve como un análisis dual de una realidad que resulta un falso espejismo para el espectador”.

En el aspecto visual, la obra demuestra con creces porque es considerada una de las cien mejores películas americanas. Sorprende la excelente dirección de un debutante John Huston, que a través de unos juegos lumínicos casi perfectos, nos inmiscuye en una densa atmósfera de tensión constante. El movimiento de cámara tan tortuoso como eficaz, nos acerca una magistral estructura narrativa llena de lirismo y dramatismo contenido. ¿Que más podemos decir, que no se haya dicho ya, del reparto del Halcón Maltés? Sencillamente brillante. Boogie actúa con un aplomo y una fuerza tremenda, forjando su propio icono interpretativo dentro del celuloide, Mary Astor seduce con sus, elegantes formas de encarnar a una auténtica mujer fatal. Los secundarios son….. de lo mejor que he visto en cualquier thiller negro, Peter Lorre Sydney Greenstreet, ejercen un portentoso trabajo. La música de Adolph Deutsch, redondea a las mil maravillas el oscuro matiz que exhibe el filme.

Forjar mitos, esta es la tarea de esta excelente producción negra, que para muchos es la mejor muestra de “film noir”, jamás filmada.

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